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A menudo la humanidad (entiéndase como el conjunto de Homo sapiens) ha tenido la tentación, y ha caído en ella, de considerarse como el punto culminante de la evolución y el centro del universo. Vamos, que nos hemos creído la mejor especie.

MENTIRA

De acuerdo, hemos llegado a la Luna, hemos dividido el átomo, hemos pintado De sterrennach, hemos construido la catedral de Colonia y hemos conquistado el polo sur, el polo norte, el Everest y sus 8.850 metros así como nos hemos sumergido hasta los 11.034 metros en la fosa de las Marianas (disculpen el plural mayestático, yo no he hecho nada de esto). Todo esto es estupendo, magnífico, hincha nuestro ego de especie y nos decimos: somos los mejores!

Kölner Dom

Pero mirado fríamente, siempre hay un pero que nos coloca en el sitio que nos corresponde, el objetivo de toda especie que habite la Tierra es reproducirse, dejar descendencia y transmitir nuestros genes a la siguiente generación. De eso se trata y da igual si has escrito el Quijote o has hollado el Everest, que si no pasas los genes a la siguiente generación tu futuro como especie se complica mucho.

Tomemos a los arácnidos (arañas, escorpiones, ácaros y compañía) como ejemplo. Se sabe de ellos que pululan por la Tierra desde hace unos 420 millones de años y se componen de unas 100.000 especies.  Por contra, los homínidos nos reunimos en seis especies y medramos por estos lares desde hace aproximadamente unos 14 millones de años.  Han construido los arácnidos alguna catedral? Han dividido el átomo? Saben algo del Principio de Exclusión de Pauli? Pondría la mano en el fuego que no. Y entonces, como es que están tan diversificados y han campado a sus anchas durante tantísimos millones de años? Han sabido adaptarse al medio cambiante en el que han vivido y viven, y han logrado perpetuar sus genes durante generaciones.

Arachnida, del libro "Kuntsformen der Natur" de Ernst Haeckel

Retrocedamos ahora en el tiempo unos siglos, no muchos, cuando la Tierra era el centro del Sistema Solar y del universo. El hombre (y en menor medida la mujer) eran la excelsa creación de Dios y todo giraba a su alrededor, incluso el Sol y los planetas. Y quien osó contradecir esta verdad inmutable, un tal Galileo Galilei, estuvo a punto de acabar quemado públicamente como un hereje.

Galileo Galilei, por Justus Sustermans, National Maritime Museum, Greenwhich, Reino Unido

Vayamos ahora a unos cuantos años luz de distancia de nuestro Sol para poder observar nuestra galaxia, la Vía Láctea, desde arriba, o desde abajo, da igual.  Qué vemos? Una típica galaxia espiral barrada (ver foto inferior), con su brillante núcleo  un tanto alargado y dos brazos principales espiralados, el brazo de Scutum-Centaurus y el brazo de Perseus. Si entramos en detalles podemos observar brazos menos conspicuos, como el de Saggitarius, del cual sale otro brazo aún más pequeño, bautizado como Espolón de Orión, que es donde se formó hace unos 4.500 millones de años el Sol. Y es ahí donde habitamos, a unos 150 millones de kilómetros del Sol, o lo que es lo mismo, a poco más de 8 minutos luz de nuestra estrella o, como se quiera, a 25.000 años luz del centro galáctico.

La Vía Láctea

Recorramos en un momento los 25.000 años luz de distancia hacia el centro de la Vía Láctea y observemos qué hay: un típico agujero negro. Según los últimos cálculos posee una masa 3,6 millones de veces la masa solar, y aún y así, no deja de ser típico.

Pese a compartir el mismo objetivo vital que un opilión, vivir en un pequeño planeta que orbita una típica estrella situada en un subsubbrazo de una galaxia como otra cualquiera, con su típico agujero negro en su centro, aún y así, y pese a quien pese, no hay nada como vivir en el humilde Espolón de Orión.